Puto dinero

This film image released by Paramount Pictures shows Leonardo DiCaprio as Jordan Belfort in a scene from "The Wolf of Wall Street." (AP Photo/Paramount Pictures and Red Granite Pictures, Mary Cybulski)

AP Photo/Paramount Pictures and Red Granite Pictures, Mary Cybulski

Sé que ya se ha escrito mucho sobre “El lobo de Wall Street”. Y también sé que hacerlo ahora llega tarde y puede que aporte poco. Pero no puedo evitarlo. Hace tiempo que quería ver esta última gran película sobre la crisis financiera.

Vi otras dos que no he dejado de recomendar siempre que pude hacerlo: “Inside Job” y “Margin Call”. La primera explicaba a modo de documental-denuncia todo lo sucedido. La segunda relataba con especial profundidad la noche en que Lehman Brothers dejó caer los mercados y produjo el cataclismo en el que aún está envuelto medio mundo. O el mundo entero.

“El lobo” culmina esta espontánea trilogía sobre la podredumbre de los mercados financieros. Las tres hablan sobre Wall Street. Ninguna sobre la City londinense, aunque merecimiento desde luego no le falta.

Las tres están basadas en hechos reales. La realidad supera a la ficción. En el caso del Lobo, recorre un escalofrío ver cómo la droga y el sexo se revuelcan en un infecto contubernio con los mercados financieros. Narra la historia de un corredor de Bolsa, Jordan Belfort, y la de su Agencia de Valores, Stratton Oakmont.

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Son muchas las consideraciones que se podrían hacer. Por ejemplo, sobre su incuestionable liderazgo emprendedor: logró levantar algo muy grande desde la nada. O sobre cómo seleccionó a su equipo: un puñado de vendedores sin cultura ni principios. O sobre las reuniones de ventas, y la forma en la que arengaba a su banda de forajidos antes de lanzarlos como depredadores sobre clientes incautos, aunque no exentos de codicia y adicción al juego.

Vendían empresas que no existían. Y desafiaban a las grandes firmas de inversión. Eran un puñado de indocumentados, sedientos de dinero y carentes de la más mínima consideración ética. Mientras los grandes brokers celebraban sus trofeos en elegantes burdeles, ellos llevaban el burdel a su misma casa. Ellos mismos eran un burdel.

Uno de los directivos de Stratton ha demandado a la productora de la película por atentar contra su imagen pública. Como si eso importase algo a estas alturas. Tras el pillaje masivo, reclama que su imagen es un bien digno de protección jurídica. Menuda desfachatez.

Lo de esta pequeña manada de lobos superó todas las barreras imaginadas. En cierto modo, uno puede pensar que cayeron por erigirse en una especie de “outsider”, un molesto invitado de última hora al festín. Pero la realidad supera a la ficción.

“Inside Job” y “Margin Call” ya recorrieron las cloacas de Wall Street repletas de drogas y cocaína. Puede que en “El lobo” se exponga de modo más explícito. Más recurrente e intenso. Nauseabundo, incluso. Pero no es excepcional, ni puntual tan siquiera. Como tampoco lo es la codicia que desea dinero a cualquier precio.

Todos participaron en este saqueo. No sólo una manada de lobos hambrientos y depravados. También lo hicieron las grandes firmas (véase “Margin Call”). Y los supervisores que nada supervisaron. Y también los legisladores que renunciaron a su responsabilidad, y los políticos, y los medios de comunicación, y las escuelas de negocio… (véase “Inside Job”).

En ese mundo sin escrúpulos, la droga de diseño competía con el lenguaje malsonante y soez. Cuantos más tacos, mejor. Pues bien, para mi los tacos reflejan la incapacidad dialéctica de expresar lo que se piensa y se siente. Vienen a nuestro vocabulario cuando las ideas se atascan, o cuando las emociones se encienden hasta tal punto que nos nublan la razón. Son propios en el lenguaje de quienes menos saben, condición que, con frecuencia, -no siempre- coincide con la de quienes más presumen.

No hace falta la grosería para hablar, ni tampoco para persuadir. Siempre he creído que el  gran Pérez-Reverte debiera reducir a un tercio el número de tacos que utiliza, y así triplicaría el impacto de su mensaje y la efectividad de sus dardos.

“El lobo de Wall Street” es una película excepcional en el ritmo y en la sensación de hartazgo que genera. Es un delirio de droga. Los diálogos son una inagotable secuencia de tacos. Y sus personajes, una caterva sin principios ni valores. Hasta tal punto es así que uno, a veces, cree que está viendo una película.

Desgraciadamente no es así. No es ficción. Lo que vemos es real. Es el relato del efecto de la codicia sin límite. Uno ve esta trilogía de películas, y la indignación se enciende. Lo reconozco, se me atropella el pensamiento, se me atasca la escritura, y lo único que acierto a entender es un desgarro que me sale de las entrañas: ¡puto dinero!

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